A paso lento se asomó hasta su ventana, desde dónde podía ver prácticamente toda la ciudad ahora iluminada por farolas. Abrió sus puertas con delicadeza mientras el aire fresco de la noche acariciaba su blanca y delicada piel. El pelo hondeaba y sus ojos se cerraron para sentir más profundamente el olor de aquella noche de otoño.
Podía ver como las hojas caían de los arboles, como un vagabundo paseaba por encima de las estas provocando un sonido apenas perceptible. El violinista de la esquina acompañaba la triste noche con una melodía de Mozart. El violin marcaba su respiración, y sus manos se apoyaron en el borde de la ventana mientras intentaba buscar con la mirada al violinista. Era imposible, la vista no le alcanzaba, pero el sonido llegaba perfectamente, y entonces, miró al frente, a la ciudad bañada de pequeñas lucecitas amarillas.
Miró al cielo, adornado por una luna llena y un sin fin de estrellas a las que poder pedir deseos. Pero ella tenía tantos deseos que era inútil ponerse a pedirlos uno a uno.
Sus lágrimas empezaron a brotar de sus ojos azul cielo y sus manos se aferraron fuerte a la ventana. Le echaba de menos, era algo que no se podía ocultar. Mirar al infinito le relajaba, pero le traía a la mente demasiados recuerdos a su lado.
Cada noche, desde que Juliette era pequeña, acompañada de su madre, se asomaba a la ventana antes de dormir para pedir un deseo a la estrella que mas brillara. Y, tras un beso de su madre, se metía en la cama para entrar en un profundo sueño. Pero hacía años que la madre de Juliette no se asomaba a la ventana a pedir deseos junto a su hija. Se había marchado para siempre, y ahora, al cielo al que tanto había mirado y tantos deseos le había pedido, la acogía para poder contemplar cada noche a Juliette.
Mecida por el viento y cubierta de lágrimas Juliette sacó sus pies fuera de la ventana y los apoyó en el alféizar. Se enderezó y quedó completamente de pie a una altura de un décimo piso. Sus manos, se agarraban al borde de la ventana que le quedaba detrás y sus pies podían sentir el vértigo que su mente intentaba evitar. Respiró fuerte, sus pulmones se llenaron de frescura y paz, y justo en el momento que Juliette soltó sus manos de la ventana, la puerta de su cuarto se abrió estrepitosamente. Su padre, alarmado por algún vecino con insomnio, entró para detenerla, pero ya era tarde.
Cayó como cae una hoja de un árbol en otoño, delicadamente, hondeada por el viento. Juliette estaba harta de que el deseo que volver a su madre no se cumpliera. Obviamente, a su edad, ya se dio cuenta que su deseo era imposible a pesar de llevar cinco años pidiéndolo. Decidió irse junto a ella, junto a la mujer que le había dado la vida, junto a la mujer que le enseñó lo maravillosa que podía llegar a ser la noche, pero no aquella precisamente, en la que se podían oír los llantos de un padre desconsolado.

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