Cerró los ojos para siempre. Su último halo de vida fue durmiendo, no sufrió. Quedó tumbado en aquella cama, tapado hasta media cintura. Las sábanas blancas hacían que su color amarillento se intensificara más aún. Todo quedó en silencio, al menos hasta que llegó ella.
Un grito desgarrador apareció ante aquella escena, apartando a todo aquel que intentaba calmarla. Hizo caso omiso a toda la gente que trataba de hablarle. Irrumpió en la habitación ahogando un grito al verlo. Rompió a llorar, sus piernas empezaron a temblar como jamás nunca lo habían hecho. No pudo seguir mirando, el sofoco no le dejaba pensar. Las enfermeras la sentaron en una silla, y a pesar del ataque de ansiedad que invadió su cuerpo aquella tarde, ella permaneció a su lado hasta el último momento.
Ya a solas, cogió su mano, como si él todavía pudiera sentir la suavidad de sus manos, y le dijo todo aquello que en vida nunca le dijo. Entre lágrimas y suspiros le dijo que había sido lo más importante de su vida, que jamás nadie le había enseñado tanto como él, que nunca habría nadie que lo reemplazara, y le prometió no olvidarse de él jamás, aunque le confesó su miedo a que eso pasara algún día con los años. Intentó hacer memoria de cada uno de los momentos que él le había regalado, porque gozar de su compañía era todo un regalo, y como si él pudiera contestarle, ella se los contaba. Pero toda despedida tiene su fin, y ella tuvo que abandonar la habitación para siempre. Le besó la frente fría y le miró por última vez.
Se siguen encontrando en sueños, aunque menos veces de las que a ella le gustaría, y le sigue confesando su miedo al olvido con el tiempo. El le promete estar siempre a su lado y que jamás la va a dejar. Es su niña y nunca dejaría que ella se sintiera sola. Aún así, ella en la soledad llora su ausencia mientras mira su foto pidiendo explicaciones. Jamás nunca nadie las dará porque no las hay. Se fue, eso es todo, era su momento. Este mundo ya no era para él, y sea dónde sea que ahora se haya ido, la lleva en su corazón.

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