Hace poco más de medio año cerré maletas entre lágrimas, cerré la puerta de mi cuarto como quien cierra la puerta de una etapa de su vida, y cogí un tren a la capital.
Entre despedidas y últimos trastos que iba metiendo en la maleta me planteé si realmente estaba haciendo lo que quería, si me estaba equivocando... el miedo se apoderó de mi. Hoy, seis meses después, sé que no me equivoqué, que dejar mi Mediterráneo, la playa, los campos de naranjas, las fallas, mi gente, el sol permanente... iba a tener una recompensa. Pero por aquel entonces yo no sabía que me deparaba el destino.
Aparecí en la capital, cargada de maletas, sin conocer el dichoso plano del metro, sin conocer, básicamente, Madrid.
Aprenderse el plano del metro no fue tarea fácil, me ha supuesto perderme un par de veces, pero ¡oye!, todos los caminos llevan a Roma. Acoplarse a la vida universitaria tampoco fue un camino de rosas, pero poco tiempo tuvo que pasar para conocer a la gente tan maravillosa que me ha ofrecido Madrid.
Si cerré entonces una etapa de mi vida. Dejaba atrás una adolescencia en el pueblo, repleta de maravillosos recuerdos, como cualquier otro adolescente, supongo. Dejaba el instituto, y con ello los compañeros de toda la vida y los profesores de siempre. Dejaba los fines de semana familiares o simplemente una tarde en compañía de mi madre. Se quedan atrás pero no en el olvido. Son recuerdos que me sirven para valorar todo lo que tengo y lo que tuve, y seguramente, lo que tendré en el futuro.
Mamá ya no esta detrás de mi para que me levante de la cama, ni me tiene la comida en la mesa cuando llego de la universidad, ya no encuentro la ropa que había echado al cesto en el armario doblada... pequeños detalles que tiene la vida ¿ sabéis?, pero que una al final, sabe valorarlos.
Madrid ha echo de mi una Bea atrevida, que no teme a nada ni a nadie, que puede ir por el mundo con la cabeza alta, que puede pisar bien fuerte el suelo para que los demás sepan que ella está ahí.
Madrid me ha dado mucho tiempo libre para pensar en mis planes de futuro, pero como he aprendido que lo que importa es el día a día, dejaré que sea el destino quién decida por mi.
Pero lo mejor que me ha pasado desde que llegué son ellas. Jamás pensé que encontraría tres personas tan, pero tan tan, como yo. Es un complicidad inexplicable.
Andrea es como mi media naranja, somos un pack. Es la locura personificada, el terremoto, la alegría del grupo. Esta como una cabra, vive de impulsos, sueña toooodos los días con coger el primer avión que pase e irnos de viaje. Cuando no estoy me echa de menos, lo sé, pero he de reconocer que yo a ella también.
Eli es la cabra loca en la sombra, porque en apariencia es un angelito caído del cielo. Es la modosita, pero repito que solo en apariencia. Solo ella sabe el caos que debe haber en su pequeña cabeza. Tiene un serio problema con los tios, quiere vivir la vida a tope, no quiere perderse nada de la vida y siempre lleva la sonrisa puesta, a no ser que le de un día bajonero. En su día fue la guarrilla pelirroja, como dato.
Elena... Elena es que no hay palabras para describirla. Es complicado. Es la locura y el caos en persona. Sueña con irse a una playa desierta, con su hamaca, sus cervezas y su campo de plantas de marihuana. Tiene una filosofía de vida envidiable. Siempre tiene historias que contar, consejos que dar y miles y miles de abrazos y besos por dar.
Ellas han hecho que Madrid sea más llevadero, que no me sienta a mas de 300 Km de mi casa y que sienta que aquí tengo una pequeña familia. Gracias por cruzaros en mi camino. Eternamente, gracias.
Y así fue como al cerrar una etapa, se abrió otra.
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