viernes, 26 de abril de 2013

Juliette

A paso lento se asomó hasta su ventana, desde dónde podía ver prácticamente toda la ciudad ahora iluminada por farolas. Abrió sus puertas con delicadeza mientras el aire fresco de la noche acariciaba su blanca y delicada piel. El pelo hondeaba y sus ojos se cerraron para sentir más profundamente el olor de aquella noche de otoño.
Podía ver como las hojas caían de los arboles, como un vagabundo paseaba por encima de las estas provocando un sonido apenas perceptible. El violinista de la esquina acompañaba la triste noche con una melodía de Mozart. El violin marcaba su respiración, y sus manos se apoyaron en el borde de la ventana mientras intentaba buscar con la mirada al violinista. Era imposible, la vista no le alcanzaba, pero el sonido llegaba perfectamente, y entonces, miró al frente, a la ciudad bañada de pequeñas lucecitas amarillas.

Miró al cielo, adornado por una luna llena y un sin fin de estrellas a las que poder pedir deseos. Pero ella tenía tantos deseos que era inútil ponerse a pedirlos uno a uno.
Sus lágrimas empezaron a brotar de sus ojos azul cielo y sus manos se aferraron fuerte a la ventana. Le echaba de menos, era algo que no se podía ocultar. Mirar al infinito le relajaba, pero le traía a la mente demasiados recuerdos a su lado.

Cada noche, desde que Juliette era pequeña, acompañada de su madre, se asomaba a la ventana antes de dormir para pedir un deseo a la estrella que mas brillara. Y, tras un beso de su madre, se metía en la cama para entrar en un profundo sueño. Pero hacía años que la madre de Juliette no se asomaba a la ventana a pedir deseos junto a su hija. Se había marchado para siempre, y ahora, al cielo al que tanto había mirado y tantos deseos le había pedido, la acogía para poder  contemplar cada noche a Juliette.

 Mecida por el viento y cubierta de lágrimas Juliette sacó sus pies fuera de la ventana  y los apoyó en el alféizar. Se enderezó y quedó completamente de pie a una altura de un décimo piso. Sus manos, se agarraban al borde de la ventana que le quedaba detrás y sus pies podían sentir el vértigo que su mente intentaba evitar. Respiró fuerte, sus pulmones se llenaron de frescura y paz, y justo en el momento que Juliette soltó sus manos de la ventana, la puerta de su cuarto se abrió estrepitosamente. Su padre, alarmado por algún vecino con insomnio, entró para detenerla, pero ya era tarde.

Cayó como cae una hoja de un árbol en otoño, delicadamente, hondeada por el viento. Juliette estaba harta de que el deseo que volver a su madre no se cumpliera. Obviamente, a su edad, ya se dio cuenta que su deseo era imposible a pesar de llevar cinco años pidiéndolo. Decidió irse junto a ella, junto a la mujer que le había dado la vida, junto a la mujer que le enseñó lo maravillosa que podía llegar a ser la noche, pero no aquella precisamente, en la que se podían oír los llantos de un padre desconsolado.








miércoles, 17 de abril de 2013

la vida es para aquellos que...

La vida esta hecha para los valientes, para aquellos que  afrontan a las adversidades de la vida. Esta hecha para los soñadores, para los que cierran los ojos y se trasladan a otros lugares, para los optimistas, para los que saben reírse de la vida, e incluso de ellos mismos.
La vida esta hecha para los aventureros, para los atrevidos y emprendedores. Esta hecha para aquellos que no tienen miedo a nada, pero aun así se permiten llorar cuando el corazón dice basta. Esta hecha para los que saben disfrutar cada momento único, o mejor aún, para aquellos que saben crear momentos únicos.
La vida esta hecha para aquellos que miran adelante pero no olvidan aquello que aprendieron del pasado, para los trabajadores que con esfuerzo consiguen sus metas y para los que te apoyan incondicionalmente.
La vida esta hecha para los que nunca quieren dejar de aprender, para los curiosos y para los que cogen una mochila y recorren el mundo nutriéndose de lo mejor de cada lugar. Esta hecha para aquellos que se saben sacrificar, que se esfuerzan al máximo y no se rinden jamás.

En definitiva, en este mundo no hay cabida para los negativos, para los que se levantan de mal humor, para los vagos, para los que prefieren pasar una vida postrados en el sofá. La vida no esta hecha para aquellos que no sepan apreciar esta oportunidad.

Ponte cada mañana una sonrisa, sal a la calle y vive. Vive, porque esto solo pasa una vez, y será mucho mejor si disfrutamos de esto con positividad y sonrisas.

martes, 9 de abril de 2013

Un para siempre, es para siempre.

Cerró los ojos para siempre. Su último halo de vida fue durmiendo, no sufrió. Quedó tumbado en aquella cama, tapado hasta media cintura. Las sábanas blancas hacían que su color amarillento se intensificara más aún. Todo quedó en silencio, al menos hasta que llegó ella.
Un grito desgarrador apareció ante aquella escena, apartando a todo aquel que intentaba calmarla. Hizo caso omiso a toda la gente que trataba de hablarle. Irrumpió en la habitación ahogando un grito al verlo. Rompió a llorar, sus piernas empezaron a temblar como jamás nunca lo habían hecho. No pudo seguir mirando, el sofoco no le dejaba pensar. Las enfermeras la sentaron en una silla, y a pesar del ataque de ansiedad que invadió su cuerpo aquella tarde, ella permaneció a su lado hasta el último momento.

Ya a solas, cogió su mano, como si él todavía pudiera sentir la suavidad de sus manos, y le dijo todo aquello que en vida nunca le dijo. Entre lágrimas y suspiros le dijo que había sido lo más importante de su vida, que jamás nadie le había enseñado tanto como él, que nunca habría nadie que lo reemplazara, y le prometió no olvidarse de él jamás, aunque le confesó su miedo a que eso pasara algún día con los años. Intentó hacer memoria de cada uno de los momentos que él le había regalado, porque gozar de su compañía era todo un regalo, y como si él pudiera contestarle, ella se los contaba. Pero toda despedida tiene su fin, y ella tuvo que abandonar la habitación para siempre. Le besó la frente fría y le miró por última vez.

Se siguen encontrando en sueños, aunque menos veces de las que a ella le gustaría,  y le sigue confesando su miedo al olvido con el tiempo. El le promete estar siempre a su lado y que jamás la va a dejar. Es su niña y nunca dejaría que ella se sintiera sola. Aún así, ella en la soledad llora su ausencia mientras mira su foto pidiendo explicaciones. Jamás nunca nadie las dará porque no las hay. Se fue, eso es todo, era su momento. Este mundo ya no era para él, y sea dónde sea que ahora se haya ido, la lleva en su corazón.


domingo, 7 de abril de 2013

camino a la capital

Hace poco más de medio año cerré maletas entre lágrimas, cerré la puerta de mi cuarto como quien cierra la puerta de una etapa de su vida, y cogí un tren a la capital. 
Entre despedidas y últimos trastos que iba metiendo en la maleta me planteé si realmente estaba haciendo lo que quería, si me estaba equivocando... el miedo se apoderó de mi. Hoy, seis meses después, sé que no me equivoqué, que dejar mi Mediterráneo, la playa, los campos de naranjas, las fallas, mi gente, el sol permanente... iba a tener una recompensa. Pero por aquel entonces yo no sabía que me deparaba el destino.

Aparecí en la capital, cargada de maletas, sin conocer el dichoso plano del metro, sin conocer, básicamente,  Madrid.
Aprenderse el plano del metro no fue tarea fácil, me ha supuesto perderme un par de veces, pero ¡oye!, todos los caminos llevan a Roma. Acoplarse a la vida universitaria tampoco fue un camino de rosas, pero poco tiempo tuvo que pasar para conocer a la gente tan maravillosa que me ha ofrecido Madrid.
Si cerré entonces una etapa de mi vida. Dejaba atrás una adolescencia en el pueblo, repleta de maravillosos recuerdos, como cualquier otro adolescente, supongo. Dejaba el instituto, y con ello los compañeros de toda la vida y los profesores de siempre. Dejaba los fines de semana familiares o simplemente una tarde en compañía de mi madre. Se quedan atrás pero no en el olvido. Son recuerdos que me sirven para valorar todo lo que tengo y lo que tuve, y seguramente, lo que tendré en el futuro.
Mamá ya no esta detrás de mi para que me levante de la cama, ni me tiene la comida en la mesa cuando llego de la universidad, ya no encuentro la ropa que había echado al cesto en el armario doblada... pequeños detalles que tiene la vida ¿ sabéis?, pero que una al final, sabe valorarlos.

Madrid ha echo de mi una Bea atrevida, que no teme a nada ni a nadie, que puede ir por el mundo con la cabeza alta, que puede pisar bien fuerte el suelo para que los demás sepan que ella está ahí. 
Madrid me ha dado mucho tiempo libre para pensar en mis planes de futuro, pero como he aprendido que lo que importa es el día a día, dejaré que sea el destino quién decida por mi. 

Pero lo mejor que me ha pasado desde que llegué son ellas. Jamás pensé que encontraría tres personas tan, pero tan tan, como yo. Es un complicidad inexplicable. 


Andrea es como mi media naranja, somos un pack. Es la locura personificada, el terremoto, la alegría del grupo. Esta como una cabra, vive de impulsos, sueña toooodos los días con coger el primer avión que pase e irnos de viaje. Cuando no estoy me echa de menos, lo sé, pero he de reconocer que yo a ella también.
Eli es la cabra loca en la sombra, porque en apariencia es un angelito caído del cielo. Es la modosita, pero repito que solo en apariencia. Solo ella sabe el caos que debe haber en su pequeña cabeza. Tiene un serio problema con los tios, quiere vivir la vida a tope, no quiere perderse nada de la vida y siempre lleva la sonrisa puesta, a no ser que le de un día bajonero. En su día fue la guarrilla pelirroja, como dato.
Elena... Elena es que no hay palabras para describirla. Es complicado. Es la locura y el caos en persona. Sueña con irse a una playa desierta, con su hamaca, sus cervezas y su campo de plantas de marihuana. Tiene una filosofía de vida envidiable. Siempre tiene historias que contar, consejos que dar y miles y miles de abrazos y besos por dar.

Ellas han hecho que Madrid sea más llevadero, que no me sienta a mas de 300 Km de mi casa y que sienta que aquí tengo una pequeña familia. Gracias por cruzaros en mi camino. Eternamente, gracias.

Y así fue como al cerrar una etapa, se abrió otra.












Un día de estos habrá que levantarse con la sonrisa puesta para siempre, ponerse los tacones para pisar más fuerte, para que el mundo oiga lo fuerte que te has vuelto. Habrá que despojarse de aquello que nos hace ser peores personas y empezar a regalar sonrisas allá por donde pasemos. Habrá que soltarse la melena, para que el viento la mueva a su merced, y demostrarle al mundo entero que sigues ahí, más viva que nunca.