
Un segundo fugaz. Un momento efímero. Eso fue todo, todas las emociones de la vida concentradas en un segundo de sus vidas.
Paseaban por la misma calle ajenos a su fugaz encuentro. Ella pisaba las hojas secas del suelo que el árbol ya había desechado, el se miraba el reflejo en los charcos que la lluvia había dejado. Cada uno con una historia detrás, cada uno pensando en sus problemas, caminaban sin saber que cada paso que daban era ir dejando atrás todo lo malo, que cada paso hacia delante era como un nuevo comienzo, una nueva oportunidad de la vida para contrarrestar aquello que iban dejando atrás.
A sus alrededores gente, pero poca, paseando ensimismados en sus pensamientos, supongo que también pensando en los problemas enterrados, en alegrías venideras, en las flores que sacaría a la luz la próxima primavera, en el sol del verano y en no se cuantas insignificantes cosas más.
Pero bajo la aparente calma que se respiraba en aquella casta calle de Madrid, adornada con árboles de otoño, una energía fluyó como de la nada entre aquellas extrañas y desconocidas personas.
Cinco metros los separaban. Fue entonces cuando ella levantó la mirada del suelo y el dejó de mirar su reflejo en los charcos para verlo en los ojos de ella.
Pasión, dulzura, amor, ternura, lujuria, alegría, desenfreno, sexo salvaje, caricias de media noche, besos en el cuello, eternos abrazos, miradas de complicidad... todo ello concentrado en tan extraña energía, en tan ardiente mirada, en tan frágil segundo.
El miró como el viento hondeaba la rubia melena de aquella extraña. Qué sedoso tendría que estar, que agradable olor dejó a su paso. Mientras, ella miraba sus ojos se llenos tristeza y desolación y a la vez como en milésimas de segundo se llenaron de alegría e ilusión.
Pocos metros los separaban ya, la tensión entre ambos aumentaba por momentos, sus corazones se aceleraban casi perdiendo el ritmo, sus ojos se llenaron de dulzura y sus sonrisas se intensificaron.
Que extraña sensación la que vivieron aquellos desconocidos, que desconcertados por tan insólita situación, cruzaron sus intensas miradas aun cuando ya no quedaban metros entre ellos. Que ardiente emoción, que eterno placer.
De repente nadie quedó allí, un silencio sobrecogedor inundó aquella calle.
Caprichos del destino juntarles en aquel preciso instante de sus vidas para nunca mas volverlos a cruzar. Tanta tensión, tanto voltaje, tanta pasión y ardiente mirada para que sus vidas no se juntaran ni un segundo más.
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